sábado, 2 de marzo de 2013

UNA TARDE DE SUEÑO




 Estaba parado en frente de una puerta. No había nada a mi alrededor.  No sé desde cuándo había estado ahí. Contemplé mi entorno y supe que estaba en uno de los lugares más desconocidos del éter.  Un estruendo de la intuición, que me subió por los pies hasta adentrarse en el cerebro, me hizo caer en cuenta de lo que estaba pasando.  No me atreví prestarle demasiada importancia, solo tenía que procurar salir de este caos frío, asediado por el zumbido enloquecedor proveniente del silencio sideral.  Miré de nuevo la puerta sin marcos.  Vacilé.  Sabía que no me quedaba de otra.  Tendría que abrirla, era la única opción tangible, para escapar hacia la próxima dimensión.
Al cruzar el portal me encontré con un nuevo contorno--me rodeaba un gran torbellino de viento, agua, fuego, humo y una mezcolanza de materias desconocidas.  No estaba sobrecogido por el fragor del temporal, sino por la dulce emoción de poder escapar el asecho del silencio.  
Mientras emprendía mi caminata, disfrutaba de una imagen que se pintaba al final del túnel.  Lo que parecía ser una casa, que se encontraba en espacio y tiempo diferentes, me invitaba a guarecerme.  El galpón era escueto y rectangular, dando una sensación de ser más grande de lo que en verdad era.  Estaba decorado con gustos demasiado peculiares.  A mi izquierda estaba el comedor y a su lado un chinero repleto de vajillas vetustas pero resplandecientes, que parecían tener luz propia.  En frente mío se ubicaba un sofá tapizado con una tela de lunares multicolores, yuxtapuestos en un desorden magistral; era demasiado moderno y no encajaba con las épocas de los demás muebles desaliñados.  Lo más que me sorprendió fue ver el fogón de leña que estaba a mi derecha.  Pude reconocerlo gracias a las historias de abuela.  En esa cocina medieval yacían tres cacerolas oxidadas y adentro comida, que exhalaban el olor de legumbres podridas agusanadas, salvo en una de ellas, donde permanecía una gallina blanca sin desplumar, cacareando y retozando al ritmo del hervor.  Permanecía apacible y laxa, pero cuando me acerqué a conversar se puso rígida y parló con indiferencia:
“No me mires que me estoy bañando.”
Luego me miró con sus ojos maldicientes esputando órdenes inteligibles para que tomara asiento en un sillón, que se mecía por sí mismo desde hacía un rato.  Tomé asiento.  A mi izquierda aparecieron dos ventanas y en medio de ellas el muro tenía colgado un reloj con su péndulo ausente, sus manecillas marcaban el medio día.  Pronto me percaté de que el sillón moviente hacía el trabajo de péndulo y mantenía el ritmo de segundos contados, que no se apresuraban en llegar.
El sillón se detuvo.  Me invadió la certidumbre de estar esperando a alguien desconocido y que nunca llegaría.  Cerré mis ojos por unos segundos.  Sentí el piso moverse… abrí mis ojos y miré hacia mis pies, vislumbré ratas invisibles que corrían despavoridas buscando una salida.  Alguien había comenzado a estropear el balance delicado de esta dimensión.  En frente mío yacía un pasillo oscuro y desolado que me llamaba con ecos sibilantes.  El frío de lo novísimo me sacudió el corazón y de un salto corrí hacia él.  Abría cada puerta a diestra y siniestra.  Y en cada recámara la imagen perfectamente fotocopiada me recibía: una cama doble con sábanas blancas,  la mesa de noche, un ropero sucio anegado en comején, junto con la ventana de madera cubierta por una cortina de hilo ceniciento y la luz lívida que apenas daba para iluminar.  Cuando parecía perder mis esperanzas de encontrar algo inusual, me topé en el quincuagésimo cuarto con la foto de tres duendes que saltaban en el colchón melancólico de amores y traiciones pasados.  Volvió a sonar el reloj.
“¿Estuve una hora abriendo puertas?”, pensé. 
Los duendes cubiertos de algas marrones, olor a salitre y pescados podridos se percataron de mi presencia y me miraban curiosos.  Sabían que un día volverían a tormentarme una vez comenzara la novísima era. Permanecía absorto en mis pensamientos.  Había ignorado totalmente la presencia de los demás.  Me viré. Se había materializado un espejo.  Mi reflejo tenía el bello color de los finados.  Las luces de la incertidumbre invadieron mis ojos y me traicionaron lágrimas floridas en dolor que cayeron al piso y se difundieron con las ratas que todavía permanecían convulsas.  El más pequeño de los espíritus se me acercó y obsequiándome un ramo de flores de amaranto me abrazó la pierna.  Dio sus condolencias en perfecto castellano y lloramos al unísono; pero nuestra escena de luto ensordecedor fue interrumpida por un empujón.  Unos monos vestidos de caballeros medievales desenvainaron sus espadas y me incitaban a pelear.  No estaba armado.  Tenía que huir.
Los duendes corrieron junto a las ratitas que cada vez estaban más enloquecidas y se deshicieron en el aire.  Todas las puertas de las recámaras se cerraban y abrían. Las ventanas se desbordaron de luces vespertinas que cegaron a mis oponentes.  Corrí hacia la puerta por donde hice mi entrada ceremoniosa a esta gruta maldita.  Una jauría obstaculizaba el paso hacia la salida.  Los sabuesos ladraban como desquiciados anhelando mi carne fresca.  Otra puerta que estuvo ignorada durante todo ese tiempo permanecía incólume en medio de la sala, y su perilla argentada desplegaba aires de seguridad y nuevas esperanzas.  No podía vacilar.  Los primates caballerescos me asechaban.  Abrí la puerta.  Llegué a una planicie espléndida, sembrada en lavanda hasta los pies de montes, que nacían en la distancia hacia el mediodía.  Al saliente estaba el plenilunio que iluminaba el campo con su luz incandescente. Procuraba no distraerme, pero la imagen fantasmagórica se había apoderado de mis entrañas. Corría hacia la silueta de un membrillo rebozado de una neblina tenue, que absorbía el color amatista de la campiña.  No miraba atrás, sabía que aquella madriguera endemoniada se había disuelto después de cruzar el portal dimensional.  Solo tenía que llegar al árbol huraño.  Estaba ya cerca cuando escuché el grito de mis enemigos.  Me volteé por un segundo y ahí estaban, montando elefantes enanos pintados en colores que me parecieron ridículos y extraños.  Las brisas frescas que venían de los montes se tornaron en el vendaval de mi ventura; fui alzado por los hombros en cuestión de segundos y sentado junto al banco de cristal de mármol a los pies del membrillo providencial.  Tenía sed.  Mis fuerzas estaban exiguas.
Comenzaron a llover mariposas verdes demasiado diminutas, mientras una fuente de agua aparecía en frente mío.  Un hálito de rosas con miel, exhalado de aquel líquido conocido, llenó mis narices.  Y sin vacilar por un momento, tomé todo cuanto podía para por fin enfrentar aquéllos que convinieron en procurar mi muerte.  
Fijé mi vista en ellos.  Estaban acompañados por dos gigantes de madera aparecidos de la nada, que vociferaban todas las técnicas posibles que usarían para torturarme una vez fuera apresado. Apreté mis manos de coraje y me percaté que todavía tenía en mano aquellas flores de amaranto.  Dos seres lumínicos aparecieron a mi lado y suspiraban como trompetas conjuros de aliento, que transformaron en espada aquel ramo de flores inmortales. Corrí hacia los primates y gigantes.  Los embestí uno a uno. Iban muriendo consumidos en agonía.  La sed por supervivencia inundó mi ser.  Mi cuerpo se movía por sí mismo con dexteridad.  Todavía quedaban los gigantes.  El que estaba a la izquierda traspasó mis vestiduras con sus garras y llegó hasta la carne.  Caí al piso jadeante de dolor.  Los elefantes que se desperdigaban azorados por la campiña me rodearon a vuelta redonda y no permitían el paso de los contrincantes.  Estaba apresado.  Los espíritus cubrieron mi presencia y con su magia me torné invisible.  Uno de ellos me alzó hacia los aires y volvía a recitar sus encantamientos ininteligibles. Estaba siendo impulsado por un remolino de viento.  Y sin escatimar en tiempo me volvieron a lanzar en picada hacia la tierra.  No temía, sabía lo que tenía que hacer, extendí mi espada de flores de cristal. Mis enemigos a penas cayeron en cuenta.  Estaban atónitos, y cuando empezaron a correr no les dio tiempo.  Se produjo el choque magistral.  Hubo una explosión descomunal que retumbó por todo el paraje.  La onda expansiva aclaró los aires de asedio e  inmediatamente la atmósfera maligna quedó transformada en una preñada de triunfo.  Los gigantes estaban derrotados y el cráter monumental daba testimonio de ello.  No sé cómo salí ileso, el golpe sólo afectó a mis enemigos, que ahora estaban petrificados.  Un aroma nuevo y agradable inundó los aires de victoria.  Era el hálito de sangre, sudor y dolor que exhalaban mis poros dilatados.  
La vista se nubló y mis alrededores se deshicieron.  Escuché las melodías angelicales que entraban por mis oídos, corrían por mi cuello, llenaban mi vientre y  reverberaban a mis pies.  Era cargado dulcemente por el camino lumínico de las dimensiones…  Pude abrir mis ojos. Estaba sentado en la butaca de mi hogar.  A la distancia escuchaba el sonido del mar.  Eran las tres.  Todo pareció haber sido una tarde de sueño.  Solo quedaban los elefantes enanos, todavía pintados de colores, corriendo asustados por la sala de mi casa.

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