Estas son las verdades
indiscutibles que abaten la humanidad que sobrevivió un final y renacimiento:
era el año sideral dos mil seiscientos cuarenta y la Tierra estaba deplorable,
extenuada, árida y maltrecha.
Después de milenios de implacables tormentos el planeta no aguantaba
más. Así que como todo asesino que
huye del homicidio, el ser humano decidió abrir sus alas y zarpar al infinito
cielo repleto en estrellas, escuchando una voz--no la de su conciencia--llena
de avaricia en búsqueda de nuevas riquezas, poniendo en segundo plano su
felicidad y la de un nuevo hogar.
Estos sucesos nos
sobrevinieron no por culpa del Creador, sino por los atorrantes vicios que poseyeron
las mentes de nuestros abuelos susurrando a sus oídos:
“Esto
aguanta más y el futuro puede esperar.”
Pero mira como son las
cosas, el presente y futuro se juntaron en plena componenda y nos asaltaron de
repente con canastas preñadas en desgracias y cataclismos indescriptibles. Y
aquí estamos, viviendo en este infinito presente, llenos de vidas más largas y miserables,
metidos en contenedores gigantescos con climas falsos y controlados. El agua,
frutos, comida y el pleno disfrute de la vida quedaron racionados. Ahora
orbitamos como moscas la carcasa telúrica que una vez llamamos Tierra.
Recuerdo aquella tarde
primaveral--vivíamos en occidente, en una de esas comunidades con aclimatadores
y filtros solares--cuando agentes de gobierno llegaron a irrumpir nuestra
tranquilidad artificial diciéndonos que era preciso evacuar el planeta a primera
hora del siguiente día.
A principio aseguraron que
todo era parte de un programa temporero en busca del bien común. Movilizarían
gran parte de la población global a colonias espaciales. Mantendrían una circulación constante
migrándonos alternadamente cada diez años; así podríamos agilizar el proceso
restaurativo del planeta. Pero con el tiempo caímos en la penosa cuenta de que esto
sería para largo rato y pronto vimos el tiempo duplicarse con sendas excusas
ininteligibles aludiendo vagamente al bien común del planeta y el de todas las
estrellas.
“Aquí todos los días me
saben a martes,” enunció salvajemente Abigail, mi hermana--quien un miércoles
aburrido fue escupida de forma tan asquerosamente natural por las entrañas de
mi madre(siempre quiso tener su preñez y parto como el de nuestros antepasados,
tan burdos y groseros, sin escoger de antemano una paridora profesional, ni el
color de ojos, ni constitución física, ni aptitud mental, dejándolo todo en
manos del azar). Y con la misma
frialdad del aire que respiraba asentí tácitamente diciendo:
“Cada veinticuatro horas
le damos la vuelta siete veces al planeta, así que si vamos a ver desde que
llegamos no ha dejado de ser martes.” Al confirmar sus
sospechas su rostro quedó desfigurado en una mezcla de espanto y resentimiento.
Dio media vuelta y se desapareció con su habitual manera fantasmal.
No había que ser muy
brillante para saber que pasaríamos el resto de nuestras podridas vidas en ese
ambiente pulcro, estructurado y sintético, junto a diecinueve millones de
personas más, respirando el aire perfectamente filtrado, con setenta y ocho por
ciento nitrógeno, veintiún por ciento de oxígeno y trazas perfectamente medidas
de vapor de agua, bióxido de carbono, argón, helio, xenón, criptón y el dulce
aroma a estiércol para así conferir un toque natural. Claro, todo esto ha sido
hecho por el bien común de la humanidad. Mientras tanto, sigo mirando el orbe,
circulando siempre circulando el espacio tan oscuramente sórdido e
imponderable, por los siglos de los siglos. Amén.
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