lunes, 4 de marzo de 2013

MIRANDO EL ORBE


Estas son las verdades indiscutibles que abaten la humanidad que sobrevivió un final y renacimiento: era el año sideral dos mil seiscientos cuarenta y la Tierra estaba deplorable, extenuada, árida y maltrecha.  Después de milenios de implacables tormentos el planeta no aguantaba más.  Así que como todo asesino que huye del homicidio, el ser humano decidió abrir sus alas y zarpar al infinito cielo repleto en estrellas, escuchando una voz--no la de su conciencia--llena de avaricia en búsqueda de nuevas riquezas, poniendo en segundo plano su felicidad y la de un nuevo hogar.
Estos sucesos nos sobrevinieron no por culpa del Creador, sino por los atorrantes vicios que poseyeron las mentes de nuestros abuelos susurrando a sus oídos:
     “Esto aguanta más y el futuro puede esperar.”
Pero mira como son las cosas, el presente y futuro se juntaron en plena componenda y nos asaltaron de repente con canastas preñadas en desgracias y cataclismos indescriptibles. Y aquí estamos, viviendo en este infinito presente, llenos de vidas más largas y miserables, metidos en contenedores gigantescos con climas falsos y controlados. El agua, frutos, comida y el pleno disfrute de la vida quedaron racionados. Ahora orbitamos como moscas la carcasa telúrica que una vez llamamos Tierra.
Recuerdo aquella tarde primaveral--vivíamos en occidente, en una de esas comunidades con aclimatadores y filtros solares--cuando agentes de gobierno llegaron a irrumpir nuestra tranquilidad artificial diciéndonos que era preciso evacuar el planeta a primera hora del siguiente día.
A principio aseguraron que todo era parte de un programa temporero en busca del bien común. Movilizarían gran parte de la población global a colonias espaciales.  Mantendrían una circulación constante migrándonos alternadamente cada diez años; así podríamos agilizar el proceso restaurativo del planeta. Pero con el tiempo caímos en la penosa cuenta de que esto sería para largo rato y pronto vimos el tiempo duplicarse con sendas excusas ininteligibles aludiendo vagamente al bien común del planeta y el de todas las estrellas.
“Aquí todos los días me saben a martes,” enunció salvajemente Abigail, mi hermana--quien un miércoles aburrido fue escupida de forma tan asquerosamente natural por las entrañas de mi madre(siempre quiso tener su preñez y parto como el de nuestros antepasados, tan burdos y groseros, sin escoger de antemano una paridora profesional, ni el color de ojos, ni constitución física, ni aptitud mental, dejándolo todo en manos del azar).  Y con la misma frialdad del aire que respiraba asentí tácitamente diciendo:
“Cada veinticuatro horas le damos la vuelta siete veces al planeta, así que si vamos a ver desde que llegamos no ha dejado de ser martes.”  Al  confirmar sus sospechas su rostro quedó desfigurado en una mezcla de espanto y resentimiento. Dio media vuelta y se desapareció con su habitual manera fantasmal.
No había que ser muy brillante para saber que pasaríamos el resto de nuestras podridas vidas en ese ambiente pulcro, estructurado y sintético, junto a diecinueve millones de personas más, respirando el aire perfectamente filtrado, con setenta y ocho por ciento nitrógeno, veintiún por ciento de oxígeno y trazas perfectamente medidas de vapor de agua, bióxido de carbono, argón, helio, xenón, criptón y el dulce aroma a estiércol para así conferir un toque natural. Claro, todo esto ha sido hecho por el bien común de la humanidad. Mientras tanto, sigo mirando el orbe, circulando siempre circulando el espacio tan oscuramente sórdido e imponderable, por los siglos de los siglos. Amén.

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