-->Eladio estaba sentado en la sala, mirando la pared.
Permanecía quieto como un muerto. Los únicos signos de vida no
provenían del ruido que producían sus respiraciones ondulantes, sino por el
fragor pestilente que producían sus llantos rechinantes. Se la pasaba
sentado, llorando con aires lúgubres, pero no se sabe por cuánto tiempo desde
que su prometida Malvina partió del mundo viviente al otro un miércoles por la tarde.
El hecho de haber sufrido semejante catástrofe lo había dejado tan débil
como para no poder ejecutar su propia muerte. Quería morirse pero no
podía. Estaba muerto en vida. Había sucumbido a las garras de un
dolor hipnotizante que solo le daba fuerzas para contemplar la pared serena,
que lo miraba con sus ojos invisibles. Una pared áspera con dos o tres
retratos de familiares insignificantes y un reloj que contaba las horas
marchantes, las cuales caminando en fila, en medio de la sala, pronto se hacían
arena al no ser miradas.
Por eso el tiempo parecía detenerse. El sofá
en el cual estaba sentado cada vez parecía absorber más y más la vida del
muchacho. Todo ocurría firme pero despacio. Poco a poco se
asimilaban el uno al otro. Ora ambos parecían una sola pieza. La realidad se
unía con un mundo abstracto de ideas. Todo el cuarto se convertía en un
sueño difuso, trastornado, redondo, sin ninguna línea, circunvalando la vida
muerta de Eladio. El tiempo y el espacio se unían con él, apelotonados en
un punto imposible de descifrar; cuando de repente una ventosidad sonora marcó
un momento repleto de audacia. Hubo un receso.
Ya eran las tres de la madrugada, y la luna
permanecía sostenida de una cuerda invisible en el horizonte, desplegando
cuernos lumínicos que perforaban la tierra y la herían despiadadamente.
No había nubes en el manto negro entripado de estrellas chorreadas y
acuosas. El cielo parecía un humor vítreo con puntitos refulgentes, pero
a la misma vez como un estanque rebosante en agua cubierto con el vaho de
luciérnagas que prenden y se apagan.
Entonces, cuando todos menos se lo pensaban, el
cuerpo de Eladio parecía cobrar vida. Se movía solo sin consentimiento
alguno del alma que guardaba dentro, desplazándose por los pasillos de la
casa, sonámbulo, entregado a los placeres del misterioso infinito, que
hacía todo posible durante ese período de tiempo infinitesimal. Caminó
hasta llegar al patio trasero, lleno de sabandijas que permanecían silentes a
esa hora de la noche, porque daban tregua a un ritmo extraño y sibilante.
Eran los sonidos que traían las brisas etéreas, que soplaban al son de
tambores inexistentes, con pulsaciones interminables, originados en espacios y
tiempos indeterminados, confines imprecisos del cosmos, donde los muertos
permanecían mirándolo con ojos desorbitados, hablándose los unos con los otros.
Ahí era cuando el cuerpo se sacudía, rejuveneciéndose volvía a ser un
niño y con las uñas comenzaba a escarbar el patio con flemática consistencia.
Parecía buscar algo y, al fin cuando lo encontraba, comenzaba a comer barro.
Luego paraba y daba espacio a ese llanto pusilánime que tanto nos
estremecía, preñado del dolor que nos ponía la piel de gallina. Masticaba
las piedras frías con fango hasta llenarse la boca de sabores a ocre; ese
comedón antiguo con lejanos toques a clorofila y estiércol desecado. Poco
a poco sentía que sus papilas gustativas se inflamaban hasta llegar a un
éxtasis mineral, que una vez creyó desconocido. Y volvía a quedar
inmóvil, abastecido, redondo, satisfecho y muerto. Estaba perdido en sus
pensamientos mojados, como una sola pieza de alabastro. Ahora todo se
tornaba cuadrado.
Una amalgama de astros que se habían desprendido del
cielo parlaba frases inefables. Ahí parecía escuchar la voz de la difunta
Malvina, a son de burla, echándolo más en su confinio endulzado de tierra
húmeda, lombrices y piedras. Eladio volvía a repetir el acto nocturno una y otra
vez… hasta que una sensación que parecía ser la encarnación del cansancio
lo adormecía hasta la mañana cuando se desplomaban los rayos del sol.
Nunca supimos cuántas veces el ciclo enfermizo se repitió.
Solo me habían dicho que lo vieron comer barro incontables noches después
del velorio de Malvina. Nadie lo molestaba porque creíamos que así podía
sobrellevar el dolor de esa imposible hecatombe. Dicen que muchas mañanas
despertaba, así como si nada, sin memorias, todavía medio desconsolado.
Se levantaba y subía despacio a su casa, entraba al baño, se duchaba,
para luego retomar su espacio en la sala. Muchos días cuando estaba
lloviendo parecía tranquilizarse. Pero según se movía el astro entraba la
ansiedad vespertina, subiéndose por las piernas dulcemente como un muerto frío
y glacial, y se le encrespaba en el pecho agitándolo hasta hacerlo llorar.
Pero luego volvía a quedar inmóvil y rectangular, mirando la pared,
absorto, sentado en el mueble que ya contaba con más vida. Esas noches,
cuando la piedra caliza estaba suave y aglutinada con las piedrecillas
amarillas, salía, hartándose en lodo hasta desquijararse. Ahí fue cuando
todos caímos en cuenta que había usado el maltrecho evento familiar para
justificar el mal hábito de la pica, el cual su madre cuenta que había tenido
desde niño y le seguía así, de grande, como todos los días.